jueves, 20 de octubre de 2016

El enemigo es el reloj (Op)



Desde la cama, giró medio cuerpo y miró el reloj. Era la una y diez de un jueves semanal. Todavía recordaba cuando esos jueves no eran de cama, ni de ir a dormir temprano, pues de hecho a la una sólo acabaría de salir de casa. Antes, los jueves eran de fiesta universitaria, de colegueo y, por qué no, de rollos...

Había salido muchos de esos jueves con Heine. Heine, quien ahora sí estaba durmiendo, a su lado; lo sabía porque respiraba más fuerte, aunque sin llegar al ronquido. Nunca lo había oído roncar, y eso que lo había visto dormir miles de veces. Era remilgado incluso para eso.

Su cabeza estaba llena de pájaros. Lo había estado por al menos diez minutos, a juzgar por el uno seguido del veinte que señalaba ahora el reloj.


¿Se podía llamar insomnio? Ya no era algo puntual. Contaba las horas desde hacía ya noches; se quedaba mirando a Heine dormir a su lado en intento de sentirse protagonista de anuncio de colonia y relajarse entre fragancias y habitaciones iluminadas, ficticias, pero lo cierto es que aquello no podía ser más real que la vida. El aspecto manso de su pareja no lo relajaba; lo hacía incluso enrabietarse, ¿por qué unos dormían y otros no?

Ningún pensamiento le funcionaba, ni las ovejas ni los clichés románticos, y Heine sólo veía remedio en que fuese al médico.

“¿Qué dices al médico? ¿Por dormir poco?”

“No duermes poco... a mí no me engañas. Te has pasado toda la noche en vela. ¿Te preocupa algo...?”

Desde luego, Heine a veces le hacía de madre.

“Qué va... Que no, algunas horas no las conté, algo tuve que dormir fijo”

Algo tuve que dormir, se repitió, con su voz o la que él creía que tenía (esa de actor de anuncio, que quería estar durmiendo de esa manera tan elegante que tienen las publicidades).

Algo tuve que dormir, se insistió, pero entonces por qué me duele tanto la cabeza y por qué estoy tan cansado...

Sí, algo tengo que dormir, se dijo, y cerró los ojos, y se colocó bocarriba y se escuchó a sí mismo respirar en intento de desesperada espiritualidad y calma, de novedosas técnicas de meditación. Se escuchaba la ansiedad en los pulmones; la mente, llamando al timbre.

No me duermo. No me duermo.

Ya es la una y media y todavía no me he dormido.




Se incorporó. Ni siquiera se dio cuenta cuando lo hizo; fue como impulsado por una especie de resorte. Se frotó la cara como lavándola, todavía tapada la mitad del cuerpo con las sábanas y la otra mitad desnuda. Cuando quitó los dedos de los ojos, se pudo ver dos o tres pliegues nuevos en la barriga. Seguro que esos días había engordado...

Seguro que sería más conveniente pensar en las horas de sueño faltantes, y no en los kilos sobrantes.

Sus piernas lo llevaron hasta la cocina. Recordaba los días en los que las vueltas en la cama no pasaban de las doce, casi, con nostalgia. Lo realmente grave era que no hacía más de cinco días de eso. Frente a los ojos y a las ojeras, le había pasado toda una eternidad. Ahora, las vueltas siempre llegaban a las cuatro y siempre lo hacían levantarse de la cama.

Hoy no podían hacerse las cuatro. No podría hacerse vivo a la mañana siguiente de ser así; estaba muy cansado y de hecho, la luz de la cocina (que empezaba a tintinear como en luz de discoteca) lo había dejado ciego por más de un minuto.


“¿Sabes qué me relaja a mí?”

Eso se lo había dicho Heine en el día dos. Y en ese día dos ya se le notaba el mosqueo del no dormir, sin poder ni imaginar lo que se les venía por delante.

“Sorpréndeme...”

“Me hago un té.”

Era como si se pudiera ver a sí mismo, como si se viese la cara de incredulidad en un espejo. Y en el presente nocturno se rió, risa amarga, sacando la taza del armario de los cacharros.

“Té...”

“En serio te lo digo. Parece una tontería pero está caliente, entra bien y después relaja...”

Y la sonrisa. También se veía su propia sonrisa ladeada.

“Hay algo que cumple todo eso y no es el té...”

Supo por dónde iba. Heine no tardó en captarlo y en, cómo no, hacer un mohín.

“Eres un guarro”


-Eres un guarro.

Lo pensó en voz alta, mirando hacia la encimera en la que Heine estaba apoyado justo ese día. Como si los acontecimientos estuvieran pasando por delante de sus ojos en el tiempo presente, entre los flashes de luz de la bombilla averiada.

Era como si se lo fuese a encontrar ahí, en la misma posición, compartiendo su insomnio con él... Qué tontería.

Se quedó serio, metió la taza con agua en el microondas y la miró girar.

-Te estoy haciendo caso ahora...

Se estaba volviendo loco. Ni siquiera se daba cuenta de que todo eso lo estaba diciendo en voz alta como si hablase con un Heine que no estaba. Que dormía en su cama, tranquilo, sin darse cuenta de nada...

Se acarició la cara sin retirar apenas la vista de la luz amarilla artificial. Casi se notaba las bolsas de los ojos por debajo de las yemas de los dedos...

-Tranquilo... tranquilo.

El aparato pitó. Lo hizo lanzarse a la taza con desesperación de naúfrago por la tierra. Asaltó la zona vegana del armario de su compañero; té, leche de planta, cajas verdes a las que él llamaba comida... era difícil decidirse. Agarró un sobrecito cualquiera, uno de color rojo. Tal vez no fue casual; el rojo le gustaba, más desde luego que ese verde que cubría todo el armario. Hasta el reloj de la pared estaba siendo verde...

Se preguntó cuánto haría que estaban siendo las dos. Dos horas más y su medicina del sueño habría fracasado...

-Que no... que hoy sí. El té relaja, aunque... tenga mala pinta...

Y lo decía mientras éste se disolvía, mientras tintaba el agua de color sangre y Orión se preguntaba si no estaría creando una especie de bebida vampírica. Y si acaso con los vampiros no sucedía todo lo contrario; si ellos dormían acaso.

“El té relaja”, se insistió, y con el primer trago quiso escupirle a cualquiera que pasara por allí.

-¡Joder, pero esto qué es...!

No fue sólo que no lo relajase. Para colmo, la anécdota insípida lo había despertado todavía más.


Volvió a la cama. Heine seguía como al principio y por si faltaba algo, la cocina lo había hecho comerse quince minutos más.

Tic. Tic. Tic. Era el segundero, contándole los latidos para avisarle de que llegaba la hora y él ahora no podía dormir...

Maldita sea.

Se comió un resoplido en el almohadón, apretando la cara contra él yy dándole la espalda a Heine. No quería seguir mirándolo dormir y él no poder, y seguir viendo que ninguno de sus movimientos lo despertaba, por mucho falso cuidado que pretendiese tener. Sus ruidos eran una antítesis personal. Intentaba no emitirlos, pero tal vez en el fondo, quería despertarlo y que sufriese junto a él...


A la que abrió de nuevo uno de los ojos, ya eran las dos y media.

Solo entonces se dio cuenta de que ni siquiera se había tapado otra vez. Era como si supiera de sobra del despertar inminente, como si sólo remolonease unos minutitos más, sin temor a quedarse dormido.

Temor a quedarse dormido... ahora mismo, le parecía un chiste de muy mal gusto.

Heine se movió en ese momento. Despacio, como en un despertar que no quería producirse; un despertar que hizo que levantase la cabeza y lo mirase. Sin embargo, el dulzor de tener compañía en el insomnio se evaporó tan pronto como éste se giró y pasó a darle la espalda. Continuaba durmiendo. Seguía respirando profundo.

Él no estaba y se sentía tan solo... Se sentía solo, aunque apenas los separasen dos palmos, aun sin discusiones ni malas rachas, aun con todo lo que a Heine le preocupaba; se sentía solo porque estando en vela estaba solo.

Se volvió a levantar. El espejo del baño le devolvió un aspecto ojeroso y más pálido de lo normal. El balcón, en el salón, brindaba el paisaje de ciudad nocturna y silenciosa, donde la soledad aún crecía más. El salón era pura quietud. Ni la luz hizo ruido al pulsarla.

Pero el reloj sí. El reloj le estaba quitando el tiempo, y la vida, y las espectativas del sueño.

Tic, tic, tic. No había tac. Dónde estaba el tac. Desde cuándo eran las tres.

Una hora. Una hora. Una hora.

Se tiró en el sofá y se quedó ahí; hundido en la espuma forrada y sumido en la desesperación que no le dejaba reconciliarse con Morfeo. Se había quedado frío; en el salón sin taparse hacía frío, pero si vagaba de vuelta al cuarto se despejaría aún más. No quería seguir despejándose, no quería seguir moviéndose porque ya no tenía fuerzas, pero su mente sí las tenía para torturarle. Aunque se tapase la cara, en un intento por esquivar la luz que él mismo había dado, su mente no se callaba. Todo lo que no pensaba durante el día estaba atacándole de noche.

Mantuvo las manos sobre los ojos e intentó hacer con ellas la oscuridad. El reloj continuaba haciéndolo sentir aún más nervioso. Estaba imaginando las miles de formas que había de estropearlo; mandarlo por la ventana, estamparlo contra una pared, dejarlo en la calzada a suerte del atasco matutino madrileño...

Duérmete... no es culpa del reloj... es culpa tuya por no dormirte.

Cuando la rabia llegó al límite, se destapó la cara y lo enrabietó más su realidad. Su enemigo voraz ya marcaba la media. Iban a hacerse las cuatro, él no iba a haber dormido ni un ápice, no tenía esperanzas para hacerlo, tampoco...

Ya no podía más.



-¿Otra vez...?

Lo había pronunciado con tono cauteloso; con tono que no podría despertar a alguien que se hubiera dejado caer en los brazos del sueño con profundidad... pero sí a él. A Orión, que ni siquiera estaba durmiendo.

Giró el cuello para mirar al reloj y ver lo que ya sabía. Las cuatro y cuarto. Heine se acababa de levantar y él ni se había dormido.

Resopló hondo; fue un suspiro que le nacía desde el pecho. Heine también lo hizo, y se frotó los ojos, y se intentó quitar la cara de recién levantado que tanta envidia le daría.

-¿Has dormido algo...?

-No.

Le contestó con sequedad, como si quisiera que se fuese y que lo dejase seguir intentándolo, cuando sabía que daba igual intentarlo una u ocho veces más.

-¿Y te has pensado lo de...?

-Que no.

Llevaban cuatro días con esa misma conversación, repitiéndola como contestador automático. Heine veía miles de salidas pero ninguna lo convencía a él. Orión prefería seguir dando vueltas, pensar que era una tontería, comerse la cabeza hasta ver que se hacían las cuatro los viernes, y las seis el resto de días, antes que probar con una pastilla o con asistencia médica...

Dejó caer la bolsa del gimnasio en el suelo y se le acercó. Orión no lo miró hasta que no estuvo enfrente.

-¿Dónde vas?

-No me apetece ir al gimnasio hoy. Estoy cansado...

Orión se rió, con los ojos cerrados. Destiló toda su ironía en esa risa seca.

-Cansado, dice...

-Déjame sentarme.

Abrió un solo ojo para mirarlo, como queriendo escudriñarlo hasta saber de sus intenciones. En realidad, Heine tampoco las sabía. Quizá era simplemente que se resignaba a no convencerlo de tomar ninguna de las vías que le ofrecía... Quizá era que tampoco podría concentrarse yéndose y dejándolo sin dormir una noche más.

Era como si de alguna manera supiese que se había pasado la noche dando vueltas pensando en él. Por dormir, por envidia, por lo que fuese. Era como si creyese que acompañarlo despierto podría, de alguna manera, relajarlo...

Se puso en un lateral, sin ocupar apenas un cuarto del asiento. Orión se llevaba con su cuerpo los otros tres y no hacía tanto que cabía en el sofá perfectamente estirado. Quiso preguntarle si había engordado, pero entonces empezarían a hablar y la idea estúpida lo sería aún más.

Sus ojos localizaron su libro, a medias, en la mesa de café; el que iba leyendo a ratos. En cuanto se estiró para cogerlo relajó el cuerpo, posó la vista en la lectura, fingió que en ningún caso la ponía en su acompañante, y tras hacer todo esto pudo relajar también la respiración.

Orión no le quitaba ojo, prácticamente apoyado en su regazo, y Heine sabía que también quería decirle algo y no lo hacía. Tampoco se iba a levantar de ahí a vagar en sonambulismo si estaba él acompañándolo, sacrificando sus horas de gimnasio y de sueño.

Aquella quietud de mañana sin amanecer empezaba a hacerlo dar cabezadas hasta a él, y no se explicaba cómo Orión podía continuar mirando a un punto fijo e incierto de la pared de enfrente, sin cerrarlos ni un poco. Los tenía como platos. Los tenía arrugados por debajo de las cuencas.

Heine lo iba mirando de reojo y a medida que los minutos se escurrían (tenía hasta tres horas antes de irse), Orión iba prestando menos atención. A él, y al vacío de su mente repleta. Aunque siguiera mirando al vacío, ya no se movía; aunque no hubiese nanas, ni música ambiental, ni relajación guiada, su simple presencia mutua le estaba callando la mente y el cuerpo de una manera que ninguno de los dos se habría podido ni imaginar.


El amor y la mente eran muy misteriosos. Hacían sentir básicamente lo que les daba la gana.


Sólo cuando le llegó el sonido de una respiración algo más profunda, Heine se atrevió a mirar por debajo del libro, escondiendo la sonrisa de la victoria.

Orión sí que roncaba cuando estaba durmiendo.

1 comentario:

  1. ¡Hola! Me ha gustado tu blog y ya tienes una nueva seguidora ;) Me quedo por aquí y espero que puedas pasarte por mi blog y quedarte.
    Nos leemos. Kisses ^^

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